Por Ladislao Morales (*)

 

Jueves por la noche en Tolosa. Frío y humedad, sobre todo lo segundo. El lugar amanece colmado para quien ingresa en el reluciente tinglado. La tribuna que se estaciona sobre uno de los costados del cuadrante se encuentra alborotada de hinchas del Círculo, quienes asistieron con una bandera que reza el nombre de la institución y sus clásicos colores: el azul y el blanco.

Un grupo abultado de niños juegan con una pelota en las inmediaciones de la cancha, uno de ellos me pregunta de cuál de los equipos soy, y sin haber amagado a contestar, él me dice que es de “El Tolo”, porque juega al fútbol en el club. Se ven muchas caras conocidas en la casa del “Suda”, esas que son familiares, sin siquiera haber entablado conversación alguna, aunque sea una vez.

 

Los 40 minutos donde la naranja es protagonista transitan de forma veloz y contundente, el invicto del torneo muestra su superioridad en relación al local. Los vestidos de verde y blanco quieren rebelarse ante la adversidad, pero nada parece posible. Pegado a la línea, Ariel Benavidez, el creador de la bestia, jamás toma asiento, el ritmo y la diferencia de sus dirigidos no parece darle la tranquilidad necesaria para hacerlo.

Con el correr de los minutos en el tablero todo parece acentuarse más aún: Diego Trejo –quien peina canas desde hace rato– observa el tercer cuarto y parte del último chico desde una esquina, a sus compañeros, como un padre ve jugar en la plaza a su hijo, entre la admiración y - sólo un poco, muy poco - la preocupación. Entra otra vez, tras un foul parece tener un entredicho con el técnico contrario, Roberto Milillo, un histórico de Sud América, pero luego ambos ríen. Una charla entre colegas.

 

Ramos se mete en el quinteto del ascenso, tiene tiempo de gesticular al lugar donde está ubicada su gente, a manera de agradecimiento. Cerisola que estuvo más afuera que adentro durante el semestre, también ingresa. A partir de una anotación hace exaltar al público. Zago, Cantarini, Delazzari juegan mucho y salen poco, y cuando lo hacen reciben las palmadas de sus pares y los aplausos de los propios. Un fructífero torneo para los tres.

Al sonar la chicharra, y con el logro consumado, se vislumbran gritos, cánticos, papeles y demás. “Vamos CCT…” se mezcla con el “Vamos a volver…”, nadie sabe bien que se brama, pero el sentimiento es el mismo que envuelve a todos. “…Que de la mano de Benavidez”, esa si la conocen los presentes y sus dirigidos la dan a modo de ofrenda. El capitán del barco dice, tras hablar con un colega que está pensando en lo que viene, que quiere dar pelea. Un loco. De esos que hay que tener del lado de uno.

 

Las luces se apagan y la gente comienza a peregrinar hacia sus hogares, con un sentido de liviandad propio. Es que el club de sus amores tuvo puesto el traje de candidato desde el vamos, y nunca se lo sacó, al contrario. Se lo dejó hasta para dormir. Y así soñar con el ascenso hasta volverlo realidad.

 

(*) periodista de Tolosa Vive.


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