Las Mil Casas, bastión característico de Tolosa, donde en cada esquina se respira un sentimiento intransferible, que lleva dentro suyo cada pibe y piba curtiendo las calles que los vieron nacer. Esas mismas que caminan sus amigos, hasta hace un tiempito atrás –no mucho– también patearon sus viejos y abuelos.

Sobre calle 3, frente a los talleres ferroviarios de 522, el Club Social y Deportivo Villa Rivera da vida y luz a muchos jóvenes –y no tanto– de la mano del boxeo, su gran baluarte y uno de los más importantes de La Plata en lo que respecta a la disciplina.

Uno entra campante al gimnasio, donde no hay grandes estridencias, mientras “El Tigre” Ojeda avisa que todo se basa en el respeto. Aunque parezca obvio, en los tiempos que corren, no lo es. Nuestro anfitrión momentáneo hace gala de lo dicho: sincero y modesto exige a cualquiera de sus pupilos por igual.

A la treintena de boxeadores –aprendices y avanzados– que se juntan lunes, miércoles y viernes de 19 a 21 horas, se agrega la presencia de Juan Pablo Lucero, quien nunca pasa desapercibido, por lo menos en el club.

Con gorra y remera oscura, Juampi, como lo conocen todos en el barrio, entra como un torbellino de carisma. Alegre y charlatán, hace más cálida aún la velada, y uno empieza a sentirse con más confianza, como si hubiese “tirado guantes” desde chico.

Lucero, boxeador profesional, y uno de los mayores responsables de la institución, nos incita a hablar con los más pibes, que nos animemos, que está todo bien, sonrisa mediante. Y así es, todo está bien.

Alejandro es uno de los tantos pibes que entrena en Villa Rivera, está desde hace dos años y dice que dejó la pelota por el ring a partir de la llegada de su hermano a la disciplina. “Es buen entrenador. Te vuela, pero entrena muy bien”, acota sobre Lucero con gesto pícaro.

Para mí es mi segunda casa, no falto nunca. Si me dicen que no puedo entrenar porque llueve me da bronca y salgo a correr” revela. Seguro y confiado, también afirma que el box es más que un mero deporte, y que el club es un lugar de suma importancia en su vida.

Minutos más tarde Luana Guerrero, quien hasta hace unos segundos había estado entrenando con determinación, nos cuenta tímidamente, ya fuera del cuadrilátero: “Boxeo hace casi cinco años, ahora se ven más chicas peleando. Algunas lo practican por defensa personal, no es mi caso”.

A la espera de pelear por cuarta vez en diciembre, destaca que “vienen muchos chicos del barrio y eso es bueno” marcando el espacio de contención que Villa Rivera significa para la zona.

El ruido característico de brazos extendiéndose, golpes acertados y pies que rechinan contra el suelo, flota en la atmósfera mientras la tarde cae. Después de entrenar y dar algunas indicaciones, Lucero vuelve a entrar en escena, y la conversación adquiere otro ritmo.

Es como que me lo hicieron elegir el boxeo. De chico me vivía peleando, capaz que en la calle me peleaba tres veces por día”, se sincera el tolosano agradeciendo que el deporte lo haya sacado de allí. En este mundo nada es color de rosa según él: la plata, los contratos y los representantes están a merced de los negocios, y muchas veces los púgiles son los perjudicados.

Cuando sos profesional no es joda, una mano te puede llegar a matar”, arroja sin tapujos y recuerda que parte de su entrenamiento lo hacía en el Mercado Central, donde trabajaba, y partir de eso construyó una especie de rutina.

“El boxeador siempre sabe como está pero es mentiroso, porque dice que está preparado y después las consecuencias”, dice entre risas evocando algún momento de su carrera.

“Acá en La Plata los entrenadores son celosos, siempre lo digo. Se está criticando al otro todo el tiempo y así nunca vamos a llegar a nada”, afirma dando un pantallazo del nivel local, y también sentencia que en otros lugares donde le tocó estar, como La Pampa, Junín y Paraná, no existe tal desmotivación.

Lucero fue parte de un programa de boxeo en distintos penales, donde junto a otros pares como Rodrigo “La Hiena” Barrios, hacían exhibiciones para los mismos presos. “Hay muchos que se les pasa la condena entrenando”, deduce Juampi.

Mientras brinda la entrevista para Tolosa Vive, nuestro anfitrión se da un tiempo para seguir hablando con el resto de los presentes y arrojar alguna indicación.

Inmediatamente retoma: “A mí me pasó algo jodido. Llegó mi debut profesional y se hizo en el club, explotaba esto, no sé ni la gente que había. Vino Coggi, La Tigresa Acuña, una velada de box. Gané por knock-out, todos contentos, pero el pibe falleció después a raíz de la pelea”.

“Estaba mal preparado, y uno nunca se quiere dar por vencido acá, más cuando hay plata, a mí me ha pasado” cuenta mientras se le pone la piel de gallina, es difícil imaginar una situación de ese calibre.

La misma calle –en palabras suyas– lo descarriló de su camino durante la adolescencia. Sin embargo con el tiempo pudo retomar el sendero de esa pasión que le bombea el corazón.

No hay pibes que salgan con ganas de boxear. Hay mucho facebook, mucho whatsapp, crecen por la computadora”, se lamenta y arremete Lucero contra la tecnología.

En relación al tema de la supervivencia eterna del luchador, menciona: “Es una desesperación, y después lo peor es que te digan no boxees más dedicate a otra cosa que no tenés un peso. Eso es así, tenés que pensar que algún día la voy a pegar, la voy a pegar, la voy pegar”.

Cuando habla de sus vivencias a Juampi se le nota algo en los ojos, tiene una chispa especial. De a poco uno se va adentrando en un mundo complejo que no muchos conocen.

Lucero no se imagina en otro estado que no esté relacionado al deporte de las narices chatas; uno que lo conoce hace apenas media hora tampoco.

Sonriente y sencillo empieza a alejarse del gimnasio junto a los otros chicos y chicas. Él se va a pie porque vive “acá nomás”, pero uno puede vislumbrar que le gusta caminar por las calles del barrio, esas mismas que lo llevaron al cuadrilátero.


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