El Bicentenario de la Independencia Nacional, sancionada por el Congreso de las Provincias Unidas de Sud América en 1816, es un acontecimiento relevante y verdadera bisagra en nuestra historia, de contenido eminentemente popular.

Su conmemoración debe enmarcarse en la lucha emancipadora de Nuestra América. No se trata de un hecho lejano, de evocación reducida a la exaltación de los próceres y los supuestos ideales de inspiración europea, como lo ha presentado la historia oficial.

Consigna el Acta de Independencia: “Nos los representantes de las Provincias Unidas en Sud América, reunidos en congreso general (…) declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli y de toda otra dominación extranjera”.

No hubiera existido la declaración de Nación libre sin la guerra independentista realizada por el pueblo criollo, indio, negro, esclavo y paisano, convocado por líderes revolucionarios con capacidad de formar un ejército popular para librarla.

La Independencia Nacional está ligada a lo popular, de la misma manera que en silencio, en lo oscuro y sin pueblo se fueron tejiendo las traiciones al proyecto independentista americano que llegaron por los hilos de la economía atándonos a una nueva dependencia y a un nuevo imperio de turno, primero el inglés, y durante el siglo XX, el norteamericano.

 

En ese contexto, es pertinente rescatar los aportes del irigoyenismo y las medidas de nacionalización del petróleo y otras fuentes energéticas, impulsadas durante su Gobierno, y en el plano cultural la gran contribución de FORJA, para visibilizar la nueva y encubierta dominación imperial. También, resaltar y conmemorar otro hito en la emancipación nacional: la Independencia Económica declarada por Juan Perón en la ciudad de San Miguel de Tucumán, el 9 de julio 1947.

El acta de la Declaración de 1947, reafirmó “el propósito del pueblo argentino de consumar su emancipación económica de los poderes capitalistas foráneos que han ejercido su tutela, control y dominio, bajo las formas hegemónicas económicas condenables y de los que en el país pudieran estar a ellos vinculados”.

“A tal fin, los firmantes, en representación del pueblo de la Nación, comprometen las energías de su patriotismo y la pureza de sus intenciones en la tarea de movilizar las inmensas fuerzas productivas nacionales y concertar los términos de una verdadera política económica, para que en el campo del comercio internacional tengan base de discusión, negociación y comercialización los productos del trabajo argentino, y quede de tal modo garantizada para la República la suerte económica de su presente y porvenir”.

Ese camino, encontró durante los últimos años, en la renegociación soberana de la deuda externa, el rechazo definitivo al ALCA, la dinamización del Mercosur y la conformación de nuevos bloques regionales UNASUR Y CELAC, una reafirmación de aquella vocación independentista de nuestra Nación enfrentando dignamente los nuevos mecanismos de la dominación.

Esta expresión emancipadora se manifestó masivamente con la presencia y participación popular, en las calles y plazas de nuestro país con motivo de la celebración del Bicentenario de nuestro primer Gobierno patrio, rodeada de los presidentes sudamericanos el 25 de mayo del 2010.

Por eso hoy, en momento en que vuelven a instalarse proyectos neoliberales en nuestro país y América Latina, es necesario reafirmar nuestro reconocimiento en el plano cultural de nuestras tradiciones, diversidades, integraciones y realidades populares de ayer, de hoy y de siempre; y reafirmar que nuestra Independencia constituye un desafío permanente para romper las nuevas cadenas.

(Agrupaciones sociales, políticas y sindicales de La Plata, Berisso y Ensenada)


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