Recopilación por Oscar Labadie

La familia Mautone vivía en la calle 529 entre 2bis y 3. El matrimonio había venido de Italia. El, que era albañil y constructor infatigable, para vivir con su familia, se hizo una casa que era, y todavía es, como una mansión. Tenía dos hijas: la Lina y la Tina, dos de las pibas más lindas del barrio. Y un hijo menor: el Mimo, que era menudo, rubito y extremadamente simpático.

En aquella época había dos barras en el barrio, las de los mayores y la de los menores. Los menores temíamos a los mayores, que nos trataban con altanería. Las dos barras, habitualmente, no se mezclaban. De modo que con el Mimo había un problema: era demasiado grande para estar entre los chicos. Y era el más chico entre los grandes. ¿Qué hacer para que no quedara marginado? Los grandes tomaron una decisión sabia, salomónica: lo adoptaron como una especie de mascota. Si hubiera durado un año más habría adquirido plenos derechos.

Todos los sábados por la tarde había picada de futbol, o bien en el campito de 528 entre 1 y 2, o bien en la 32 entre 2 bis y 3. Esos partidos eran democráticos: no había espectadores, todos jugaban, los grandes, excepcionalmente, mezclados con los chicos.

Pero había límites. Si bien el sistema permitía que en las tardes populosas se armaran equipos de 20 o 30 en cada bando, a la hora de tocar la pelota había prioridades. Si la pelota, por su propia voluntad, se dirigía, accidentalmente, hacia uno (de los chicos) no faltaba nunca un grande que decía: corréte pibe, corréte. Y uno debía hacerse a un lado. Si la pelota caía a nuestros pies debía pasársela inmediatamente a un grande si no quería ser víctima de todo tipo de improperios. Eran las reglas del juego y había que respetarlas.

Un día el Mimo empezó a faltar a los partidos y también a las reuniones de los grandes en la esquina. Un rumor inquietante se expandió por el barrio: el Mimo estaba enfermo. Y de algo serio. Una palabra tenebrosa se pronunciaba bajito: leucemia. Los rumores eran cada vez más pesimistas y hasta llegó a decirse que los médicos lo habían mandado, de vuelta, a la casa: no había nada que hacer.

Pero una tarde de sábado, el Mimo sorpresivamente apareció a jugar. Cuando lo vi tan entero, tan sano pensé: todo ha sido una broma de mal gusto, de humor negro. El Mimo nos había estado tomando el pelo. Quiso el azar que aquella tarde quedara en mi equipo. No sé porque todos supimos, en mi bando, sin ponernos de acuerdo, que todas las pelotas había que pasárselas a él. El equipo contrario, sin ponerse de acuerdo, sabía que al Mimo no había que marcarlo.

Aquella tarde se lució, corrió por toda la cancha jugando como un crack. Omití decir, hasta ahora, que era un día lluvioso y frio. Que jugamos todo el partido bajo una persistente llovizna que nos dejó empapados. Cuando al fin llegó el momento en que uno gritó: el gol gana, el Mimo tomó la pelota en el medio de la cancha, gambeteó a todos los contrarios y pateando al arco hizo el gol ganador a pesar de que el arquero, aparatosamente, se tiró hacia un poste sin poder impedir el ingreso del balón.

Entonces, Chochin, uno de los líderes de los grandes, que más que un jugador de futbol parecía uno de esos chinos que practican sumo, corrió hasta él, y con un solo brazo lo tomó por la entrepierna, y lo alzó por encima de su cabeza como si fuera un trofeo. Lo recuerdo al Mimo ahí arriba, gritando y sonriendo de felicidad. Es la última imagen que tengo de él vivo. Al día siguiente cayó en cama con 40ª de fiebre, una neumonía fulminante se había sumado a la maldita leucemia y una semana después falleció.

Su velorio fue una tragedia. Recuerdo como la gente se apelotonaba en la puerta de la casa de los Mautone. Cuando llegó el cajón de la cochería fúnebre y lo destaparon, la Tina salió corriendo de la casa en dirección a las vías, el tano Pinatti la atajó a tiempo, la rodeó con sus brazos y consolándola la llevó caminando despacito hasta la casa. Y la Tina entró resignada.

Han pasado más de cuarenta años y todavía recuerdo con tristeza aquella tarde en que el Mimo Mautone jugó como un Maradona, mucho, mucho tiempo antes de que el Diego les metiera el gol a los ingleses.


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