Por Inma Manzanares

Antes de iniciar nuestro relato tenemos que advertir que todo es ficción, pero sabemos que a veces la realidad supera a la ficción.

Había hecho un calor sofocante y húmedo todo el día, un adelanto del verano que estaba próximo, y pronóstico seguro de lluvia. Los chicos, remolones, seguían jugando en el potrerito de 528 y 2, más que nada para no volver a casa, al menos hasta que no fuera la hora de Los Invasores, porque eso era sagrado. Había que verlo sí o sí.

La oscuridad hacía un buen rato que se había apoderado del campo de fútbol y, en más de una ocasión, se había devorado la pelota parda que se obstinaba en escaparse hacia los yuyos altos que crecían detrás de las piedras que marcaban el arco.

¡Ché, Colorado, mirá para donde pateas, que ya fui dos veces a buscar la pelota!

¡No seas arquero si te da miedo la oscuridá! Eh, vos Tano, ¿tirás o no tirás?

En medio del campito, uno de los chicos, el Tano Giovanni, esperaba que la eterna discusión terminara para seguir el juego, pero, de pronto, en dirección a la estación del tren, aproximadamente sobre el Churrasco, vio, en el cielo, un juego de luces que se acercaba rápidamente, hacia donde ellos estaban.

Avete visto? Avete visto quelle luci?

Pero, ¿qué decís, pibe? Ya te dije que hablés en castellano, que no hay quien entien… pe-pero ¿qué es eso?

No necesitaban ya ninguno de ellos que el Tano tradujera lo que decía. Todos lo estaban viendo.

Las luces habían llegado hasta ellos y lo que ahora veían era una especie de medio círculo, de color amarillento, que giraba como un trompo y que sobrevolaba el Puente de la Estación. Pero tan rápido como había llegado, se fue, pasando por encima de los chicos, en dirección a la calle 7.

Mamma mía, ¿vieron eso?, ¿lo viste, Ruben?

¡Claro que lo vi! Era un platillo volador, como el del David ese de Los Invasores, igual, igual, ¡nadie se lo va a creer!

Todos salieron a la carrera, con tremendo susto, unos hacia la calle 2, otros hacia las Mil Casas… Rubén y el Colorado, por la misma 528 hacia abajo. Vivían en el Barrio de los Ferroviarios.

Sus padres habían venido del mismo pueblo, el padre del Colorado había probado suerte en el sur, en los pozos de la YPF, allí se había casado con una neuquina y, cuando nacieron los hijos, acabó aceptando el puesto de guardabarrera que le ofreció su amigo. El Sur no era buen sitio para criar niños, quedaba lejos de todo.

La conversación, la poca que permitía la carrera, no pudo girar sobre otro tema que sobre lo que acababan de ver, uno completaba el relato del otro, pisándose las palabras con atropello. Y así iba a ser en el colegio al día siguiente, hasta que la señorita Olga les pidió que no dijeran tantas tonterías, quejándose de la cantidad de horas que se tiraban estos chicos delante de la tele, tragando todas las pavadas que se le ocurrieran a los ‘gringos’.

¡Les voy a dar yo, si vuelven con esas historias!

Sin embargo, en el recreo y en los descansos, los comentarios continuaron, había sido demasiado impresionante para callar a tanto testigo infantil. Y habría sido el tema central durante muchos días más si no hubiera surgido algo nuevo.

Al llegar a casa, al mediodía, la mamá del Colorado, que en casa se convertía en Miguelín, contó que tenían vecinos nuevos.

Lo raro es que nadie los vio llegar, ni mudanzas, ni nada. Ayer mismo, a la tarde, la casa de la esquina, la de la reja, seguía desocupada, y esta mañana, ya estaban instalados. Se ve gente tranquila, no son gallegos ni italianos, la señora, me lo ha dicho el Negro Remigio, habla muy bien el español, pero no es española. Tienen dos niños de tu edad, Miguelín, y una hija más grande.

Miguel protestó por lo de Miguelín, pero, con la sagacidad que caracteriza a la infancia, en seguida relacionó aquello con lo otro.

Como llovió toda la tarde no pudieron reunirse los amigos para el picado diario, tampoco hubo charlas sobre las noticias recientes.

Al día siguiente la lluvia seguía con fuerza; embadurnados y mojados llegaron todos a la escuela y, allí, otra sorpresa: dos compañeros nuevos, ambos hermanos, ambos de la misma edad. Pero ¿cómo podían ser hermanos aquellos dos?

Madonna! No se parecen en nada! decía Giovanni, cuando por fin pudieron reunirse a debatir el asunto. Y, en realidad, no le faltaba razón, uno de los hermanos era alto, delgado, rubio, con la piel tan blanca y fina que, con el sol de frente, parecía que se transparentaba; el otro, morocho, bajito, regordete. Como ninguno consiguió enterarse de cómo se llamaban, acabaron siendo el Gordo y el Flaco, y algunos días daba la impresión de que el Flaco era el Gordo y de que el Gordo era el Flaco. Ambos, por supuesto, eran los hijos de la nueva familia del barrio de los Ferroviarios.

Aquel mismo día, en el recreo, los chicos, rodeándolos, le hicieron la ceremonia de aceptación en el grupo. Rubén se puso a su lado y les dijo Ché, pibes, ¿quieren jugar esta tarde un partidito con nosotros?. Miguel, el Colorado, con tono de enfado, más o menos fingido, le replicó ¿Vos por qué los invitás? ¡dejálos! ¡Si no son nuestros amigos! Y Rubén le contestó ¡Calláte, yo les invito porque sí, son mis invitados!

Los hermanos se miraron entre sí, luego a uno y a otro, y al final, el Flaco dijo, o pareció que dijo, porque ninguno de los allí reunidos lo vieron abrir la boca

Estaremos encantados, pero primero, tenemos que preguntar a mamá.

Y esas palabras, tan educadas, fue todo lo que les oyeron decir en el tiempo en el que los conocieron. Nunca le dieron bola a nadie, ni siquiera saludaban. Eso sí, sacaban 10 en todo, la señorita Olga los ponía como ejemplos y modelos de niños aplicados.

La hermana también tenía lo suyo, salía poco de casa y siempre acompañada de su madre, tendría unos 20 años, muchos de los vecinos, pequeños y grandes, la consideraban una belleza, con su frágil figura y su caminar pausado, casi levitando; en cambio, había otros muchos que afirmaban rotundamente que no habían visto adefesio más horrible en su vida.

A la mamá de estas criaturas se le solía ver en la verdulería del Negro Remigio, en la panadería de las Rubias o en el almacén de don Santino, el padre de Giovanni, pero nunca nadie recuerda haberla visto en tertulias con las vecinas.

¿Y el padre? Apenas se asomaba a la calle, incluso, algunos dudaban de su existencia. Rubén oyó una vez a su madre preguntarle a su padre en qué trabajaría ese hombre

¡Quizás tenga la suerte de estar jubilado!

Mujer, no seas chismosa fue la respuesta, pero, la verdad, es que también él veía raro todo aquello.

Rubén, el Colorado, el Tano y algún otro más de la barra, durante los picaditos de la tarde, intercalaban los comentarios con los puntapiés a la pelota. Llevaban y traían noticias, unas reales y otras, quizás, imaginadas.

¿Saben lo que creo? dijo uno de ellos aquella tarde seguro que tienen el platillo volador en el fondo ¡Tenemos que ir a ver!

¡Vos estás loco! ¿Cómo nos vamos a meter en el fondo de una casa que no es nuestra? dijo algún otro.

Sin embargo, el sábado llegó el Colorado al campito y dijo Hoy tiene que ser, no se ve a nadie en la casa, seguro que no están.

Y, dejando olvidada la pelota, allá se fueron todos en expedición, con más miedo que otra cosa, pero disimulando unos para que los otros no lo notaran y los otros, igual. Rubén y otro del grupo que venía del lado del Club de Fomento, fueron los elegidos como agentes de avanzada, el resto, esperaría en la calle, haciendo de campana.

Al cabo de unos 15 minutos, que a los de afuera le parecieron horas, se vio saltar la medianera a los dos chicos.

¿Qué vieron? ¿Qué había? ¿Estaba el platillo?

Ellos intentaban explicarse y hacerse oír entre tanta pregunta.

No había platillo volador, pero en el pasto hay como unos círculos quemados y forman todos como un redondel, muy raro, muy raro. Y el otro decía

Y hay un galpón, lleno de bolsas de los mandados, repletas de papas, de verduras, de pan duro… esa señora guarda todo lo que compra ahí y no comen nada, seguro que va al almacén de tu padre para disimular.

Estas cosas, y otras más que dijeron, llenaron la tarde con charlas y suposiciones, pero los chicos sabían que nada de eso podrían contar, porque nadie les creería. Toda esa información iba a tener que ser solo para ellos. Además pedazo de paliza les iban a pegar sus padres si se enteraban de que se habían colado en aquella casa. Y, por otro lado, si esos seres se enteraban ¡capaz que los secuestraban y se los llevaban a su planeta! Guardarían el secreto, harían un pacto de silencio y, sólo si veían señales de una invasión a mayor escala, entonces, ahí, hablarían. Porque que eran marcianos era tan evidente como que dos y dos son cuatro.

Transcurrieron meses sin más novedad. Pasados los días de más calor del verano, los chicos jugaban, como tantas otras tardecitas, en el potrero de 528 y 2. Rubén se quejaba y discutía con el Colorado por cualquier jugada. En cierto momento el Tano señaló, sin decir palabra, hacia el cielo, en dirección a la estación: a la altura del Churrasco estaban de nuevo las luces.

Todos se miraron, pero esta vez no hubo ni asombro, ni corridas, ni siquiera miedo. Parecía, incluso, que las estaban esperando.

Las luces llegaron hasta el mismo puente, el platillo voló sobre él y tomando velocidad ultrasónica, en dirección a calle 7, desapareció.

En los días siguientes por toda Tolosa no se hablaba de otra cosa que de la aparición de aquellas luces. En la zona del barrio de los Ferroviarios también llamó la atención, para algunos, que la casa de la esquina, la de la reja, estaba de nuevo desocupada.

Sólo los chicos sabían que entre las luces y la casa abandonada existía una relación.


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