Recopilación de Oscar Labadie

Por Emilia Elizabeth Sánchez

Recuerdo, fue allá por el año 1939-1940 todavía sonaba en la plaza la banda policial interpretando las rítmicas marchas patrióticas, la magnificencia de himnos, y se esforzaban los duros bronces en convertir sus estridentes vientos en las suaves brisas de los valses, no lo lograban del todo, sin dudas, excepto por su forma de interrogar los recuerdos de un público, que tornaban los cornos y trompetas en violines y violas al suavizarlos para si con gratos tarareos.

Para mis cuatro o cinco años, eran días de fiesta, ¡sí que lo eran¡

Pocos años después era una alegría la llegada del Carnaval.

Mi casa compartía la manzana con el Club Unión y Fuerza y por las tardes temprano desde el sábado hasta el martes, de los altoparlantes del club emergía la voz de Luisito Sambucetti, locutor destacado. Alternaba con la música, su intervención informativa invitaba a los festejos a partir de las 17 horas en el gran palco instalado en la vereda. Desfile de mascaritas donde se premiaba a la más ingeniosa. No premiaba la inversión material pero sí la creatividad que cada uno se esmeraba por demostrar.

Por su puesto el concurso era seguido por el \"gran-baile-gran\", con orquestas típicas y de jazz en vivo.

La confección del rey Momo de más de 5 metros era obra de todos los vecinos, con el sello creativo del doctor Nevio Correa que dejaba en cada Momo un aparte de su inventiva y energía. Se quemaría a media noche del día martes, símbolo de la muerte del Carnaval.

El patio del Club trasladaba a lejanas tierras cuando con esmerados decorado traían el ambiente de Andalucía o de China. En el primero apasionadas ventanas de rejas con rosas que endentaban con hierros y espinas el fuego andaluz rojo de pétalos y corazones sangrantes, en el segundo perfectos farolitos orientales sutiles y calmos, milenariamente pensativos.

A esta zona de Tolosa, llegaban ruidosos los tranvías uno, dos y trece, repletos de incansables jóvenes atraídos por los bailes del carnaval.

Quizás la casa que más niños haya albergado fue la morera añosa en la calle 531 y 2. Allí la imaginación hacia magia y sus ramas y nuestra mente infantil conformaban galerías, los espacios amurallados por fronteras de hojas y sombras eran cómodas salas y habitaciones. Martita Dusauge y Chuchi Capra compartieron conmigo esa mansión.

Y hasta hace pocos años, el palenque centenario de la calle 1 y 531 amarraba todavía historias y recuerdos de una plaza con calles de tierra, luego empedradas, y finalmente asfalto donde se ocultan tesoros arqueológicos formados por chapitas de gaseosas incrustadas en la puerta del bufete del Club.

Últimos testigos de otra época después de que, quien sabe quién, arrancó el viejo centenario palenque de la esquina.

 

Revista Tiempo, 16 de diciembre de 2009


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